El reciente brote de hantavirus en el crucero MV Hondius, que partió desde Ushuaia y dejó tres personas fallecidas, volvió a poner la enfermedad en agenda internacional. Según informó la Organización Mundial de la Salud (OMS), el episodio acumula 11 casos, de los cuales 9 están confirmados y otros dos son “probables”.
Pocos años antes, entre noviembre de 2018 y marzo de 2019, la localidad cordillerana de Epuyén atravesó un brote que marcó un punto de inflexión en el abordaje del hantavirus en la Patagonia. Desde entonces, se consolidaron cambios en los protocolos sanitarios, especialmente en lo referido al aislamiento de contactos y la vigilancia epidemiológica.
Las modificaciones posteriores se centraron especialmente en el manejo de la cepa Andes y en el fortalecimiento de las estrategias epidemiológicas utilizadas ante casos sospechosos o confirmados.
Hasta ese momento, el abordaje del hantavirus estaba enfocado principalmente en el contacto con roedores como principal vía de transmisión. La vigilancia epidemiológica se centraba en identificar la presencia del “colilargo” y reducir la exposición en zonas de riesgo.
En ese contexto, Mafalda Mossello, exjefa del Departamento Provincial de Zooantroponosis explicó que “hasta ese momento trabajábamos con la perspectiva del colilargo como nexo epidemiológico y buscábamos el contacto con el roedor infectado”.
La transmisión entre personas no ocupaba un lugar central dentro de los protocolos habituales de seguimiento. Sin embargo, a partir de ese período se incorporaron nuevas herramientas de control sanitario, con especial énfasis en el rastreo de contactos y el aislamiento preventivo.
Según se detalló, “tras detectarse contagios entre personas, comenzaron a implementarse nuevas medidas de aislamiento y seguimiento de contactos estrechos”.
En esa misma línea, también se señaló que “No se pensaba demasiado en el aislamiento de los contactos ni en la transmisión persona a persona”, lo que evidenció el cambio de enfoque en el manejo sanitario.
Actualmente, uno de los pilares del protocolo es el aislamiento preventivo de contactos estrechos durante 45 días, período correspondiente al tiempo de incubación del virus. Ante cada caso confirmado, se realiza un seguimiento inmediato de las personas que tuvieron contacto reciente con el paciente, quienes deben permanecer aisladas.
“Se considera que una persona puede transmitir de persona a persona y se aísla a todos aquellos contactos que estuvieron en los últimos días con él”, destacó.
Además del aislamiento, se incorporaron medidas de vigilancia epidemiológica extendida y operativos de control ambiental. Entre ellos se destaca el “trampeo” de roedores, que consiste en la captura de ejemplares vivos para su análisis en laboratorio.
La variante Andes es el único hantavirus del mundo con evidencia comprobada de transmisión entre personas, lo que lo convierte en un agente de especial vigilancia sanitaria.
Se trata de una cepa del género Orthohantavirus que circula en el sur de Argentina y Chile, con presencia predominante en zonas rurales y boscosas. Su reservorio natural es el ratón colilargo (Oligoryzomys longicaudatus).
La transmisión a humanos puede producirse por contacto con heces, orina o saliva del roedor, o por inhalación de partículas contaminadas en ambientes cerrados.
El 3 de noviembre de 2018, en una fiesta de quince años celebrada en el salón Peumayén, cerca del lago. Entre los 100 invitados se encontraba Víctor Díaz, un hombre de 68 años que había estado días antes recolectando hongos silvestres en una zona de riesgo. Víctor asistió a la celebración con fiebre y dolores sin saber que ya estaba incubando el virus.
La investigación epidemiológica, que los médicos locales describieron como un verdadero “trabajo detectivesco” logró establecer que el jubilado fue el “paciente cero”.
Durante la fiesta, permaneció a menos de un metro de distancia durante al menos 30 minutos con cinco de los futuros infectados. Algunos incluso compartieron su mesa. Esa cercanía fue suficiente para que el virus saltara de una persona a otra, algo excepcional para el hantavirus, pero posible en la cepa Andes.
A partir de ese momento, se desencadenó una cadena de contagios imparable. El primer fallecimiento se registró el 3 de diciembre de 2018: una adolescente de 14 años, amiga de la cumpleañera.
En los días y semanas siguientes, las muertes se sucedieron con una frecuencia aterradora. El pueblo se sumió en el pánico y la desesperación.
El momento más crítico se vivió a mediados de diciembre de 2018 y se extendió hasta enero de 2019 cuando falleció la mayor cantidad de personas en el menor tiempo.
El caso más emblemático y doloroso fue el de la familia Valle. Aldo Valle, empleado municipal de 61 años, murió el 11 de diciembre de 2018. En las semanas siguientes, sus hijas Loreley (30) y Jéssica (32) también fallecieron. A ellas se sumó un joven de 16 años, hijo de la pareja de Aldo.
El velatorio a cajón abierto de Aldo se convirtió - según los sobrevivientes y la investigación posterior - en un nuevo foco de contagio.
Isabel Díaz, hija del paciente cero y también sobreviviente, relató años después con la voz quebrada: “Para mí, mi mamá se contagió en el velatorio de Aldo porque de ahí salió un brote terrible que afectó a los hijos de él”.
Celia, su madre, de 64 años, fue una de las últimas víctimas fatales. El dolor de perder a tantos vecinos y familiares en tan poco tiempo marcó a fuego a la comunidad.
El balance final del brote fue lapidario: 34 casos confirmados y 11 muertes. La letalidad alcanzó un asombroso 32 por ciento muy por encima del promedio histórico.
Nunca antes en Argentina tantas personas habían muerto por hantavirus en un mismo brote y lo más preocupante fue que todas ellas se contagiaron por contacto con otras personas, no con roedores. La excepción fue el paciente cero cuyo contagio fue ambiental.
fuente: adn sur




