Sucedió el domingo 4 de enero. Serena Campos Lobos (46) pedaleaba desde su casa en Ramos Mejía rumbo al trabajo cuando sonó el celular. Faltaban quince minutos para las 14 y la noticia que recibió la desesperó: su hijo Joaquín (12) había tenido un accidente y lo estaban trasladando de urgencia a un hospital de alta complejidad en San Martín de los Andes, Neuquén.
“Joa”, como lo llamaba su papá, había viajado el día anterior con los Exploradores de Don Bosco a un campamento en Junín de los Andes. Era la primera vez que iba. Mientras jugaba con sus compañeros, se colgó de un travesaño, el arco cedió y cayó sobre su cuerpo. El impacto afectó principalmente la zona del pecho.
class="inline ad-wrapper" style="box-sizing: border-box; align-items: center; display: flex; justify-content: center; text-align: center; width: 856.055px; color: #3b3b3b; font-size: 22px;">Cuatro horas después de ese llamado, Serena y su marido, Adrián Gatto (40), estaban en Aeroparque. Consiguieron dos pasajes para volar esa misma tarde, aunque por separado. Ella salió a las 18; él, a las 20. Les dijeron que fueran a Neuquén porque planeaban trasladarlo a una terapia intensiva pediátrica que hay allí. Pero cuando Serena estaba en viaje, el cuadro de Joaquín se agravó y debieron operarlo de urgencia. “Se moría”, les dijeron.
Serena aterrizó en Neuquén y desde allí recorrió cinco horas por ruta hasta el Hospital Carrillo de San Martín de los Andes. Llegó cerca de las dos y media de la madrugada del 5 de enero. Esa misma tarde, los médicos le confirmaron que Joaquín tenía muerte encefálica. El caso, caratulado como “homicidio culposo”, es investigado por la fiscalía de Junín de los Andes, a cargo de Gastón Ávila.
class="inline_2_DSK ad-wrapper ad-desktop" style="box-sizing: border-box; align-items: center; display: flex; justify-content: center; text-align: center; width: 856.055px; color: #3b3b3b; font-size: 22px;">A un mes y siete días del trágico hecho, sus padres impulsan un proyecto de ley para que los arcos deportivos estén obligatoriamente fijados al suelo. “Esto era completamente evitable. La pérdida de un hijo es un vacío que no tiene… no tiene palabras. Es inimaginable el dolor”.
—¿Qué recuerdan del momento en que pudieron verlo por primera vez?
Serena: Entramos a la madrugada. Antes de dejarnos pasar a la habitación nos explicaron qué era lo que íbamos a ver. Estaba con respirador y drenajes en los pulmones. Su corazoncito no funcionaba solo. Nos dijeron que le habláramos, que lo tocáramos, pero que no nos iba a responder porque estaba totalmente sedado. A la mañana siguiente vimos que lo movían para hacerle una tomografía y ahí se nos encendió una pequeña esperanza. “Si lo movieron, es porque mejoró”, pensamos. Después volvieron y nos dijeron que la tomografía había confirmado muerte encefálica. Yo estaba desorientada. La médica me miró y me dijo: “Tu hijo ya no está en ese cuarto”. Fue la forma más sutil y amorosa que encontró para decirme que Joaquín había partido.
—¿Cómo fue la decisión de donar los órganos de Joaquín?
Serena: Enseguida se acercaron del INCUCAI y, con mucho respeto, nos preguntaron si queríamos donar. Al principio dijimos que no, porque Joaquín había pasado por mucho. Nos dejaron pensarlo a solas un ratito y cuando volvieron dijimos que sí. Dio sus riñones y sus córneas. Le cambió la vida a cuatro niños.
Fuentes:Infobae


